Periodismo y opinion
CUANDO LA CULTURA SE IMPROVISA, EL COSTO LO PAGA LA COMUNIDAD
Gestionar cultura implica administrar recursos, interpretar territorios, construir públicos y asumir responsabilidades. La buena voluntad puede iniciar una propuesta, pero difícilmente pueda sustituir la formación, la planificación y el oficio profesional.
Escribe: Sergio Pérez, Gestor Cultural (@sp.gestioncultural)
Existe una preocupación que aparece cada vez con mayor frecuencia entre quienes trabajamos profesionalmente en cultura: la facilidad con la que todavía se supone que gestionar cultura consiste simplemente en organizar actividades.
Programar un espectáculo, contratar un artista, conseguir un espacio o publicar una convocatoria son acciones visibles. La gestión cultural comienza bastante antes y continúa mucho después.
Detrás de cualquier proyecto serio existen diagnósticos, presupuestos, cronogramas, producción, mediación, comunicación, accesibilidad, derechos culturales, evaluación, construcción de públicos y articulación institucional. También existen responsabilidades administrativas, jurídicas y económicas que no desaparecen porque el proyecto tenga una finalidad artística.
Por eso resulta preocupante cuando instituciones públicas, organizaciones privadas o colectivos confían la gestión cultural a personas que improvisan permanentemente, sin herramientas suficientes para comprender la complejidad del campo.
No se trata de establecer una frontera elitista entre quienes poseen títulos y quienes no. La experiencia territorial, el conocimiento comunitario y los saberes adquiridos durante años tienen enorme valor. El problema aparece cuando la falta de preparación se transforma en desprecio por la preparación.
LA CULTURA TAMBIÉN NECESITA PROFESIONALES
Durante décadas se instaló la idea de que cualquiera podía gestionar cultura porque cualquiera podía organizar una actividad. Esa mirada redujo un campo profesional complejo a una sucesión de eventos.
El gestor cultural trabaja precisamente en aquello que muchas veces permanece invisible.
Debe comprender el territorio, identificar necesidades, reconocer actores, formular proyectos, conseguir financiamiento, generar alianzas, administrar recursos, producir actividades y evaluar resultados. Necesita además interpretar políticas culturales y comprender que detrás de cada decisión existen comunidades, memorias, identidades y derechos.
Gestionar cultura significa tomar decisiones sobre qué expresiones reciben apoyo, qué públicos son convocados, qué patrimonio se preserva, qué artistas encuentran oportunidades y qué relatos adquieren visibilidad.
Por esa razón, la improvisación nunca resulta completamente inocente.
CUANDO TODO SE REDUCE A “HACER COSAS”
Una agenda llena de actividades puede producir la apariencia de una gestión cultural exitosa. Sin embargo, cantidad y política cultural son conceptos diferentes.
Podemos organizar decenas de espectáculos durante un año y continuar sin construir públicos. Podemos financiar eventos sin fortalecer a los creadores locales. Podemos restaurar un edificio sin desarrollar un proyecto cultural para habitarlo. Podemos convocar artistas sin establecer criterios claros ni condiciones profesionales de contratación.
Entonces hay actividad, pero difícilmente exista gestión.
Una política cultural necesita objetivos. ¿Para qué hacemos determinada actividad? ¿A quién está dirigida? ¿Qué necesidad territorial procura atender? ¿Qué procesos pretendemos desarrollar después?
Cuando esas preguntas desaparecen, la cultura comienza a gestionarse por ocurrencias, relaciones personales, urgencias o intuiciones.
Y allí comienza el deterioro.
LA IMPROVISACIÓN TAMBIÉN TIENE UN COSTO
En el sector público ese costo recae sobre recursos que pertenecen a toda la ciudadanía. Una decisión mal fundamentada puede significar presupuesto desperdiciado, oportunidades perdidas o políticas culturales incapaces de generar procesos sostenidos.
En el ámbito privado ocurre algo diferente pero igualmente relevante. La improvisación puede comprometer proyectos, desgastar equipos, precarizar trabajadores y deteriorar vínculos con artistas, proveedores y comunidades.
Existe además un costo menos visible: la naturalización del trabajo cultural gratuito.
Todavía resulta relativamente habitual solicitar a un profesional que formule proyectos, redacte propuestas, consiga financiamiento, produzca actividades o articule instituciones bajo la expectativa de que cobrará únicamente si posteriormente aparecen recursos.
Difícilmente aceptaríamos ese razonamiento frente a otros servicios profesionales.
La formulación de un proyecto ya constituye trabajo. Analizar bases, construir presupuestos, diseñar objetivos, desarrollar cronogramas y establecer estrategias requiere tiempo y conocimiento.
El éxito posterior de una convocatoria puede justificar honorarios adicionales vinculados con la ejecución. Pero convertir todo el trabajo previo en una apuesta personal del profesional significa trasladarle un riesgo que corresponde al responsable de la iniciativa.
PROFESIONALIZAR NO SIGNIFICA BUROCRATIZAR
También sería equivocado transformar la gestión cultural en una disciplina encerrada exclusivamente en oficinas, formularios y procedimientos.
La cultura necesita sensibilidad, intuición, creatividad y conocimiento directo de las comunidades.
El buen gestor cultural combina esas capacidades con herramientas profesionales.
Puede conversar con un artista y comprender sus necesidades creativas, pero también elaborar un presupuesto. Puede reconocer el valor simbólico de una tradición y simultáneamente diseñar mecanismos para salvaguardarla. Puede acompañar una iniciativa comunitaria sin apropiarse de ella y convertir una idea inicial en un proyecto capaz de dialogar con instituciones y fuentes de financiamiento.
Ahí reside buena parte del oficio.
El gestor funciona muchas veces como traductor entre mundos diferentes: creación artística, administración pública, comunidad, empresas, instituciones educativas y organismos financiadores.
RECONOCER EL OFICIO
La cultura necesita artistas. Necesita técnicos, investigadores, comunicadores, docentes, productores, artesanos y trabajadores de múltiples disciplinas.
También necesita gestores culturales.
Reconocer ese oficio supone comprender que detrás de una actividad bien resuelta existe planificación. Que detrás de un proyecto financiado existieron horas de formulación. Que detrás de una institución cultural activa hay decisiones sobre públicos, presupuesto, programación, comunicación y territorio.
Profesionalizar la cultura tampoco garantiza automáticamente buenas políticas culturales. Un título no sustituye la sensibilidad ni asegura competencia.
Pero existe una diferencia sustancial entre equivocarse después de investigar, planificar y evaluar, y convertir la improvisación en método permanente.
La cultura merece la misma responsabilidad profesional que reclamamos para cualquier otra área de la vida colectiva.
Porque cuando se gestiona bien, puede fortalecer identidades, generar empleo, preservar patrimonio, estimular pensamiento crítico y construir ciudadanía.
Cuando se gestiona mal, también deja consecuencias.
Quizás el desafío de los próximos años consista precisamente en abandonar la idea de que la cultura simplemente “se hace” y comenzar a comprender que también se estudia, se planifica, se administra, se evalúa y se gestiona profesionalmente.
Y ese cambio empieza por reconocer el valor de quienes han decidido hacer de esa tarea un oficio.
Sergio Pérez
Gestor Cultural
Instagram: @sp.gestioncultural
